Hay miles de formas de crear contenidos de aprendizaje interactivos, sin embargo, la cuestión en la que nos queremos centrar hoy es en cómo utilizar correctamente la interactividad. Una de las preguntas recurrentes de docentes y creadores de contenidos es: ¿cuántas interacciones incluir en mis cursos?

La verdad es que no existe una fórmula mágica para calcular cuántas interacciones usar al crear experiencias de aprendizaje. Por muy tentador que sea “comprometer” al alumno con la interactividad, su uso puede ser un arma de doble filo cuando se usa incorrectamente.

Cada interacción es una oportunidad para participar, que puede mantener el compromiso y entusiasmo de tus estudiantes o, por el contrario, hacer que pierda el interés y decida saltarse el contenido como si de una intro molesta y repetitiva se tratase.

Para evitar esto último, empieza por hacerte 3 preguntas antes de decidirte a plantear contenidos interactivos a tus estudiantes:

1. Motivo y tiempo: ¿Por qué mis estudiantes van a dedicar tiempo a mi contenido interactivo?

El diseño de aprendizaje debe ser respetuoso con el tiempo de tus estudiantes y establecer un lenguaje tácito entre ellos/ellas y el contenido que les planteas. Tus estudiantes no necesitan descifrar por qué les pides que dediquen tiempo a un contenido interactivo. Su objetivo es aprender, y tu trabajo es hacer que el proceso les sea lo más fácil posible.

La presencia de un contenido interactivo puede indicarles que se trata de un concepto digno de especial atención. Para ello, tendríamos que establecer un precedente claro, y sólo transmitir con contenido interactivo los conceptos que suponen alcanzar objetivos clave de aprendizaje.

Encontrarse con un contenido interactivo también puede indicar a tus estudiantes que se encuentran ante un concepto al que merece la pena dedicar un tiempo extra, como los conceptos por fases. La interactividad es en este caso, a pesar de la mayor dedicación en tiempo que requiere, bastante más útil que el contenido estático para facilitar el período de concentración y proporcionar claridad a temas complejos.

2. Objetivos de aprendizaje: ¿Para qué sirve la actividad que les estoy planteando?

Existen muchas maneras de convertir el contenido estático en contenido interactivo, por lo que el desafío radica en crear contenidos interactivos coherentes con los objetivos de aprendizaje. Es decir, que la actividad propuesta sirva en forma y fondo para que “aprendan haciendo”.

Si el objetivo de aprendizaje es aprender a “organizar”, el ejercicio interactivo debería enfocarse por ejemplo en completar la ubicación adecuada de unos objetos determinados según edad o habilidad del estudiante, en lugar de elegir de una lista preseleccionada el orden “correcto”. Si el objetivo de aprendizaje es “analizar”, el ejercicio debería enfocarse en lograr un análisis original y subjetivo, no simplemente en elegir si un análisis proporcionado x es Verdadero o Falso.

3. Conocimiento: ¿Saben mis estudiantes lo que han aprendido?

Magnífico, has logrado mantener la confianza de tus estudiantes al proporcionarles contenidos interactivos que han representado importantes conceptos de aprendizaje; han aprovechado bien su tiempo y “se han sentido” bien durante el proceso, pero, todo eso es irrelevante si no son conscientes de lo que han aprendido… parece absurdo, pero ocurre.

Por eso, tanto o más importante que todo lo anterior es permitir a tus estudiantes que auto-evalúen su propia comprensión de los temas de una forma integrada planificando y planteando contenido interactivo que presente y evalúe al mismo tiempo. Por ejemplo, presentaciones y videos con quizzes y feedbacks a tiempo real.

Al proporcionar una forma integrada para que los estudiantes se auto-evalúen, aprovechamos el tiempo y disminuimos las posibilidades de que el flujo de aprendizaje se vea afectado. La atención se mantiene dentro del concepto en cuestión y das a tus estudiantes el control sobre su ritmo del aprendizaje.

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